El padre Gonzaga se enfrentó a la frivolidad de la muchedumbre con fórmulas de inspiración doméstica, mientras le llegaba un juicio terminante sobre la naturaleza del cautivo.
A pesar de las pruebas que se publicaban, la Municipalidad y Empagua guardaron silencio por casi un mes, hasta que al final negaron rotundamente que fuera su culpa.