En aquel instante llegó a sus oídos una gran carcajada, volvióse, y vio en las ramas de un árbol un viejo papagayo que estaba arreglándose con el pico las escasas plumas que le quedaban.
Ahora los chicos están jugando al papagayo, que básicamente es como un cometa, una especie de barrilete, que lo tiran muy muy lejos, kilómetro de distancia, está lejísimo, ni siquiera se alcanza a ver.
Pinocho se quedó como quien ve visiones; mas, no queriendo creer lo que le había dicho el papagayo, comenzó a cavar con las manos la tierra que había regado, y cava que cava, abrió un boquete tan grande como una cueva.
Ella era buena tiradora de ballesta y de arcabuz en la caza, y en el año 1615 se hizo el milagro: la infanta no solo le da al papagayo, sino que consigue abatirlo y se convierte en la reina de la fiesta.
La mujer lo examinó. Pensó que no. El coronel no parecía un papagayo. Era un hombre árido, de huesos sólidos articulados a tuerca y tornillo. Por la vitalidad de sus ojos no parecía conservado en formol.
Tenemos ante nosotros una de las pinturas que conforman una serie de ocho lienzos, conocida para algunos como Las Fiestas del Papagayo o Las Fiestas del Ommegang, pero es curioso el origen de este encargo.