El padre, que estaba sentado a la puerta, lloró de alegría al reconocer a su esposa y saber que Juan era su hijo, pues los había dado por muertos a ambos desde hacía muchos años.
Ahora voy caminando, voy caminando pero feliz, haciendo lo que me gusta, acompañada de mi familia y siendo el mejor ejemplo que yo pueda ser para Kai y para los que se inspiren conmigo.
Todas las alegrías frustradas en los días anteriores la alegría de los aviones, de las luces de los barcos, de las gaviotas y del color del agua, renacieron entonces atropelladamente, a la vista de la tierra.