Se negaba a comer y a beber nada de lo que le ofrecieran por miedo a ser envenenada, y se alimentaba de agua de las fuentes y frutos que ella misma recogía.
Samantha atendía a los heridos de bala o intoxicados con gas que llegaban o salía a buscarlos en las calles cuando le tocaba su turno… y así pasaron días hasta que regresó a su casa.