Además, no sé por qué nos hicieron poner el uniforme azul, justamente con ese sol de verano, y todos estábamos transpirando y teníamos como diablos azules en la barriga.
El griterío en su interior, las cestas con pollos vivos, el sudor y los olores que desprendían los cuerpos y los bultos que los pasajeros, moros y españoles, acarreaban con ellos.