30 Un portón de madera podrida nos condujo al interior de un patio custodiado por lámparas de gas que salpicaban gárgolas y ángeles cuyas facciones se deshacían en la piedra envejecida.
Las tejas podridas se despedazaron en un estrépito de desastre, y el hombre apenas alcanzó a lanzar un grito de terror, y se rompió el cráneo y murió sin agonía en el piso de cemento.
Como decían los maestros budistas más antiguos, el desapego es la madera podrida de una barca abandonada en la playa: llega un momento que se cae, paf, y se cayó sola.