Dos toquidos como dos truenos resonaron en el calabozo donde seguía aquella infeliz acurrucada con su hijo, sin moverse, sin abrir los ojos, casi sin respirar.
Aterrorizada, poseída por el espanto y el diluvio, me senté en el mecedor con las piernas encogidas y los ojos fijos en la oscuridad húmeda y llena de turbios presentimientos.
Ella, por ejemplo, se despertaba a las tres, cuatro de la mañana y uno iba y se arrunchaba un ratico con ella y ya se quedaba dormida otra vez, muy tranquila.
Ella se las encontraba por la noche arrugadas bajo los insomnes almohadones, él en el bolsillo de su abrigo, y todas acababan en un grito de angustia, en una desdichada pregunta.