-Hombres de todo el mundo ya pasaron por esta aldea, hijo -dijo su padre-. Vienen en busca de cosas nuevas, pero continúan siendo las mismas personas.
Van hasta la colina para conocer el castillo y opinan que el pasado era mejor que el presente.
Pueden tener los cabellos rubios o la piel oscura, pero son iguales que los hombres de nuestra aldea.
-Pero yo no conozco los castillos de las tierras de donde ellos vienen -replicó el muchacho.
-Esos hombres, cuando conocen nuestros campos y nuestras mujeres, dicen que les gustaría vivir siempre aquí -continuó el padre.
-Quiero conocer a las mujeres y las tierras de donde ellos vinieron -dijo el chico-, porque ellos nunca se quedan por aquí.
-Los hombres traen el bolsillo lleno de dinero -insistió el padre-. Entre nosotros, sólo los pastores viajan.
-Entonces seré pastor.
El padre no dijo nada más. Al día siguiente le dio una bolsa con tres antiguas monedas de oro españolas.
-Las encontré un día en el campo. Iban a ser tu dote para la Iglesia. Compra tu rebaño y recorre el mundo hasta que aprendas que nuestro castillo es el más importante y que nuestras mujeres son las más bellas.