Vanka suspira otra vez y se queda mirando a la ventana.
Recuerda que todos los años, en vísperas de la fiesta, cuando había que buscar un árbol de Navidad para los señores, iba él al bosque con su abuelo.
Dios mío, qué encanto!
El frío le ponía rojas las mejillas; pero a él no le importaba.
El abuelo, antes de derribar el árbol escogido, encendía la pipa y decía algunas chirigotas acerca de la nariz helada de Vanka.
Jóvenes abetos, cubiertos de escarcha, parecían, en su inmovilidad, esperar el hachazo que sobre uno de ellos debía descargar la mano del abuelo.
De pronto, saltando por encima de los montones de nieve, aparecía una liebre en precipitada carrera.
El abuelo, al verla, daba muestras de gran agitación y, agachándose, gritaba:- ¡Cógela, cógela! ¡Ah, diablo!
Luego el abuelo derribaba un abeto, y entre los dos lo trasladaban a la casa señorial.
Allí, el árbol era preparado para la fiesta.