每日西语听力

当前播放

第三十章

No hizo ninguna precisión, pues desde la visita del marqués no había para ellos otra niña en el mundo.

Habían hablado mucho de ella. Habían repasado juntos las crónicas de endemoniados y las memorias de santos exorcistas. Delaura suspiró: «Soñé con ella».

«¿Cómo pudiste soñar con una persona que nunca has visto? », le preguntó el obispo.

«Era una marquesita criolla de doce años, con una cabellera que le arrastraba como la capa de una reina», dijo. «¿Cómo podía ser otra? »

El obispo no era hombre de visiones celestiales, ni de milagros ni flagelaciones. Su reino era de este mundo.

Así que movió la cabeza sin convicción, y siguió comiendo. Delaura reanudó la lectura con más cuidado.

Cuando el obispo terminó de comer, lo ayudó asentarse en el mecedor. Ya instalado a gusto, el obispo dijo: «Ahora , cuéntame el sueño».

Era muy simple.

Delaura había soñado que Sierva María estaba sentada frente a la ventana de un campo nevado, arrancando y comiéndose una por una las uvas de un racimo que tenía en el regazo.

Cada uva que arrancaba retoñaba en seguida en el racimo.

En el sueño era evidente que la niña llevaba muchos años frente a aquella ventana infinita tratando de terminar el racimo, y que no tenía prisa, porque sabía que en la última uva estaba la muerte.

«Lo más raro», concluyó Delaura, «es que la ventana por donde miraba el campo era la misma de Salamanca, aquel invierno en que nevó tres días y los corderos murieron sofocados en la nieve».

El obispo se impresionó. Conocía y quería demasiado a Cayetano Delaura para no tomar en cuenta los enigmas de sus sueños.

El lugar que ocupaba, tanto en la diócesis como en sus afectos, lo tenía bien ganado por sus muchos talentos y su buena índole.

El obispo cerró los ojos para dormir los tres minutos de la siesta vespertina.

Mientras tanto, Delaura comió en la misma mesa, antes de rezar juntos las oraciones de la noche.

No había acabado cuando el obispo se estiró en el mecedor y tomó la decisión de su vida:

«Hazte cargo del caso».

Lo dijo sin abrir los ojos y soltó un ronquido de león. Delaura acabó de comer y se sentó en su poltrona habitual bajo las enredaderas en flor.

Entonces el obispo abrió los ojos.

«No me has contestado», le dijo.

«Creí que lo había dicho dormido», dijo Delaura.

«Ahora lo estoy repitiendo despierto», dijo el obispo. «Te encomiendo la salud de la niña».

«Es lo más raro que me haya acaecido jamás», dijo Delaura.

«¿Quieres decir que no? »

«No soy exorcista, padre mío», dijo Delaura.

«No tengo el carácter ni la formación ni la información para pretenderlo. y además, ya sabemos que Dios me ha asignado otro camino».

Así era. Por gestiones del obispo, Delaura estaba en la lista de tres candidatos al cargo de custodio del fondo sefardita en la biblioteca del Vaticano.

Pero era la primera vez que se mencionaba entre ellos, aunque ambos lo sabían.

«Con mayor razón», dijo el obispo. «El caso de la niña, llevado a bien, puede ser el impulso que nos falta» .

Delaura era consciente de su torpeza para entenderse con mujeres.

Le parecían dotadas de un uso de razón intransferible para navegar sin tropiezos por entre los azares de la realidad.

La sola idea de un encuentro, aun con una criatura indefensa como Sierva María, le helaba el sudor de las manos.

«No, señor», decidió. «No me siento capaz».

«No sólo lo eres», replicó el obispo, «sino que tienes de sobra lo que a cualquier otro le faltaría: la inspiración .

Era una palabra demasiado grande para que no fuera la última.

Sin embargo, el obispo no lo conminó a aceptar de inmediato sino que le concedió un tiempo de reflexión, hasta después de los duelos de la Semana Santa que empezaba aquel día. «Ve a ver ala niña», le dijo. «Estudia el caso a fondo y me informas» .

点击播放